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Acostumbrada a lidiar con varias civilizaciones, Cagliari es buen ejemplo de capital estratificada. Desde su bahía extendida en el puerto industrial hasta su famoso Castello, la capital de Cerdeña, con 180.000 habitantes, se alza apretujada y lleva la contraria a la idea mitificada de la Cerdeña de yates y glamur de la costa esmeralda. Consolidada como motor cultural de la isla, gran preámbulo de las playas del sur, es popular y creativa. El paso del tiempo la modifica tan poco que todavía hoy es válida la definición que le dedicó D. H. Lawrence en 1921: “Cagliari se amontona idealista y casi en miniatura…, elevándose todo lo que puede, desnuda y orgullosa, distante de la historia, como una ciudad iluminada y monacal”.